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Humboldt y Bonpland: dos sabios europeos en tierras colombianas

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El 6 de mayo de 1859, con su capacidad intelectual en plena forma, se apagaba la llama de la vida en Alexander von Humboldt. Tenía casi noventa años (había nacido en Tegel, muy cerca de Berlín, en septiembre de 1769), una edad extraordinariamente avanzada para la época.

Geógrafo, botánico, astrónomo, había recibido una esmerada educación en su Prusia natal, gracias, entre otros méritos, a provenir de una familia de la aristocracia y disponer desde muy joven de una cuantiosa herencia por parte materna. En 1797 Humboldt viaja a París y allí conoce a un joven y talentoso botánico francés, Aimé Bonpland. Los dos jóvenes se entienden muy bien, comparten intereses y se sienten impelidos a realizar grandes viajes.

En marzo de 1799 los dos naturalistas deciden trasladarse a España con la idea de obtener un permiso del rey Carlos IV para viajar a las colonias españolas en América. Humboldt tenía  buenos contactos en Madrid. Tales y como el embajador de Sajonia, barón Philippe de Forell, mineralogista notable. El diplomático intercede en favor de los científicos con un amigo personal: el ministro Mariano Luis de Urquijo, quien consigue de la Corte de Aranjuez amplios pasaportes y numerosas cartas de recomendación para los afortunados viajeros.

El 5 de junio de 1799, Humboldt y Bonpland se embarcan en el puerto gallego de La Coruña en la corbeta Pizarro rumbo a la isla de Cuba, destino que se verá sustituido por el de Venezuela a causa de una epidemia.

En 1801, el azar hace que los viajeros lleguen a Cartagena de Indias. Una fuerte tormenta los había impulsado hasta ese famoso puerto sobre el Caribe. En Cartagena José Ignacio de Pombo les habló de Mutis, de su ingente labor al frente de la Real Expedición Botánica del Reino de Granada. Las conversaciones con Pombo fueron decisivas para que Humboldt y Bonpland se dirigieran al interior del Nuevo Reino.

Los naturalistas salieron de Cartagena por los campos de Turbaco y luego tomaron “el tradicional champán, o canoa toldada del (río) Magdalena, impelida a palanca por membrados bogas. Treinta y cinco días emplearon en esta ruta, sin que fuera obstáculo las enormes incomodidades de aquella
navegación, ni los ardientes soles, ni la abrumadora temperatura, ni los sanguinarios insectos del río, para que los instrumentos de observación estuviesen en uso a todas horas del día y de la noche, no sin antes haber hecho varias entradas a las florestas que se hallan a uno y otro lado del camino a Honda” (Florentino Vezga).

El 9 de mayo de 1801 entraron en Santafé de Bogotá. Sobre esta llegada, nos dice el propio Humboldt: “Nuestra entrada en Santafé constituyó una especie de marcha triunfal. El Arzobispo nos había enviado su carroza, y con ella vinieron los notables de la ciudad, por lo cual entramos con un séquito de más de sesenta personas montadas a caballo. Como se sabía que íbamos a visitar a Mutis (…) procuróse por consideración a él dar a nuestra llegada cierta solemnidad, honrándole a él en nuestras personas. (…).Mutis había mandado habilitar una casa cerca de la suya, y nos trató con extrema afabilidad. Es un anciano y venerable sacerdote de unos 72 años, muy rico además: el Rey paga 10.000 duros anuales por la Expedición. Desde hace quince años trabajan a sus órdenes treinta pintores; él tiene 2.000 o 3.000 dibujos en folio, parecidos a miniaturas. Excepto la de Banks, de Londres, nunca he visto una biblioteca más nutrida que la de Mutis”.

Humboldt quedó gratamente sorprendido por la magnífica organización que Mutis había sabido darle a la Expedición Botánica y no cesaba de alabar la excelencia del trabajo de los pintores. “Al ver aquel inmenso acopio de muestras de los tres reinos naturales, al contemplar aquel gran número de láminas de animales y vegetales pintados (…), los viajeros consideraron como una circunstancia verdaderamente dichosa para ellos el temporal que en el mar Caribe los había obligado a arribar a Cartagena, y se felicitaron por la determinación que habían formado de encaminarse hacia esta Corte” (Florentino Vesga).

Cuatro meses permanecieron Humboldt y Bonpland en Santafé. Mutis mantenía con ellos largas y fructíferas conversaciones y discusiones sobre los temas que eran de su interés. El sabio sacerdote no olvidaría nunca este intercambio intelectual. Llevaba muchos años fuera de Europa (era natural de
Cádiz) y gozaba de una oportunidad única para ponerse al día, a pesar de su enorme erudicción.

Mutis le encomendó al pintor Matís que fuera el guía de los dos naturalistas. Exploraron los bosques de las cercanías. Visitaron las minas de Mariquita, de Santa Ana y Zipaquirá. A mediados de septiembre de 1801 los viajeros se dirigieron al valle del Cauca. Atravesaron la montaña del Quindío con grandes dificultades a causa del invierno que había convertido los caminos en auténticos lodazales. Recorrieron el valle del Cauca en todas direcciones y a comienzos de noviembre llegaron a Popayán. La ciudad estaba habitada por ricos terratenientes que tenían, además, minas de su
propiedad.

La percepción de Mutis de las costumbres coloniales de la ciudad, de sus habitantes, conforma un retrato de la vida colonial de una extraordinaria perspicacia. Al poco tiempo de llegar, escribe a Mutis: “La situación de Popayán es deliciosa. Una campiña risueña y variada, bella vegetación, clima templado, el trueno más majestuoso que jamás se ha oído, las producciones de los trópicos al frente de las cimas nevadas de los Andes y de bocas que vomitan humo y aguas sulfurosas: esta mezcla de lo grande y lo bello, estos contrastes tan variados, que la mano del Todopoderoso ha sabido colocar en la más perfecta armonía, llenan el alma de las más bellas e interesantes imágenes. Los habitantes de esta ciudad tienen una cultura mucho mayor de lo que pudiera esperarse, pero mucho menor de lo que ellos se imaginan. Aquí todos recetan porque han leído a Tisset; todos saben química y física, porque han visto el Espectáculo de la Naturaleza. Por lo demás, es muy débil el amor a las ciencias de que tanto se lisonjean. Ninguno ha querido acompañarnos en nuestras excursiones difíciles, ni nos ha preguntado el nombre de una planta ni de una piedra.

Ninguno ha examinado las maravillas que tiene alrededor de sí, tales como las bocas del volcán, su altura, su situación, bien que esta reprensión puede hacerse a toda América. A pesar de esto, me satisface ver aquí buenas disposiciones, una efervescencia intelectual que no era conocida en 1760, deseo de poseer libros y de conocer los nombres de los hombres célebres, una conversación que rueda sobre objetos más interesantes que un nacimiento de calidad… Todo esto forma un buen agüero; pero temo mucho que no pase de aquí, si no se muda enteramente el plan de educación, si no se les hace entender que no se puede aprender todo en dos días, y que vale más saber poco como se sepa bien. Nuestro espíritu es como el agua, que pierde de profundidad a medida que se extiende por el terreno. Por lo demás, la física, las ciencias que faltan a todos los americanos, no pueden echar raíces profundas sino en una generación robusta y enérgica. ¿Qué se puede esperar de unos jóvenes rodeados y servidos de esclavos, que temen los rayos del sol y las gotas del rocío, que huyen del trabajo, que cuentan siempre con el día de mañana, y a quienes aterra la más ligera incomodidad? (…)”.

Años después, Humboldt (tal vez con este viaje en la memoria) escribió lo siguiente, con evidente valentía para los tiempos que corrían: “No hay razas inferiores; todas ellas están destinadas a alcanzar la libertad”.

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