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Javier Espitia : entre aromas anda el juego

Javier Espitia : entre aromas anda el juego

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Javier Espitia (Bogotá, 1964) es aromista. Más de uno se preguntará, ¿qué es eso de aromista?

Estas mismas palabras, según cuenta Javier, fueron pronunciadas por los policías que le recibieron la documentación para obtener la residencia en España y que terminaron embelesados escuchando las explicaciones que les dio.

He encontrado la siguiente definición de este raro oficio : “Un aromista es un técnico responsable de descubrir las combinaciones justas de determinadas sustancias, tales y como extractos botánicos, aceites esenciales, destilados, oleorresinas, sustancias químicas definidas, que se usan para crear y recrear sabores naturales y artificiales para su uso en diversas industrias como la alimentaria (humana y animal), la cosmética, la farmacéutica, etc. En el argot científico un aromista es conocido como un nariz. Para Javier, ser aromista es algo más que un trabajo : una auténtica pasión.

Los padres de Javier pasaron sus primeros años en el campo. Su madre nació en una finca, por los lados de Fusa, en Silvania. El padre de ella, Román Vásquez Caballero, fue un hombre muy rico. Era un terrateniente con extensas posesiones. Pero vinieron los tiempos de las invasiones de tierras. El dinero se iba en acciones para desalojar a los invasores, en abogados y parientes compinchados, y la fortuna se acabó.

Pasa el tiempo y nos encontramos a los padres de Javier instalados en Ciudad Kennedy, un barrio obrero de Bogotá financiado con fondos de la Alianza para el Progreso durante el gobierno de John Kennedy en Estados Unidos. El propio presidente Kennedy lo visitó en 1961. Allí nació Javier en 1964. Con solo cinco años y medio fue a la escuela pública. Entonces ya sabía leer, escribir y multiplicar. Nada más poner los  pies en la escuela, le preguntaron a su madre  si el niño era “católico, apostólico y romano”… El trayecto de su casa a la escuela lo hacía a pie.

Javier recuerda que cuando era niño iba caminando a Bosa, flanqueado por campos de trigo, a comer obleas. El paseo y los trigales han sido engullidos por el cemento dando origen a barrios populares. Hoy en día, Ciudad Kennedy sobrepasa el millón de habitantes.

El padre de Javier era obrero sastre. Confeccionaba trajes que ya le traían cortados. Muy minucioso en su trabajo, tenía fama de perfeccionista. Trabajaba en casa, o sea que Javier siempre lo tenía cerca. Le gustaba escuchar en la radio los informativos y programas culturales mientras trabajaba, Y era un lector infatigable: socio de Círculo de Lectores, coleccionista de los fascículos de Salvat, entusiasta de las ediciones dominicales de los grandes diarios de Bogotá. Su curiosidad era vocacional.

Javier pasó de la escuela pública a un colegio distrital. De este último lo expulsaron cuando estaba en Sexto de bachillerato. Siguió los estudios en un colegio nocturno, tal y como miles de compatriotas que han estudiado y trabajado al mismo tiempo.

Los estudios nocturnos le dieron tiempo a Javier para hacer otras cosas. Con catorce años ya estaba en el hipódromo de Techo. Trabajaba como ayudante de un fotógrafo que cubría las carreras de caballos. Desde entonces su pasatiempo favorito es la fotografía.

Termlnado el bachillerato se matricula en un curso de “corte de carne y salsamentaria” en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Comienza a trabajar en Industrial de Alimentos Andinos y al mismo tiempo hace un curso sobre alimentación en la Corporación Internacional para el Desarrollo Educativo (CIDE). Durante sus estudios en el CIDE entabla relación con uno de los profesores del centro, Alfonso Gómez Forero, que lo convence de montar con él un negocio de productos cárnicos en Tolú, localidad situada en la costa caribeña, frente al golfo de Morrosquillo. El proyecto era interesante, pues se trataba de trabajar con carne de pescado, incluida la de tiburón. Además, era una oportunidad de aplicar todo lo aprendido hasta ese momento. Sin embargo, el negocio no funcionó. Tolú era demasiado pequeño para mantener un nivel de consumo rentable. Sobre esta aventura, recuerda Javier : “La población era más pobre que nosotros. Mientras dimos las primeras pruebas gratuitas de degustación de nuestros productos las colas eran interminables; cuando empezamos a cobrar por ello no volvió nadie.

Pasado un tiempo, Javier recibe una oferta de trabajo en la Compañía Nacional de Chocolates y se cambia de trabajo. En esta compañía fue destinado al departamento de control de calidad, pero el trabajo era monótono y los turnos que debía cumplir le impedían estudiar.

Una tarde, en su casa en compañía de su madre, ojeaba el periódico buscando la página de los cines y ella cayó en cuenta de que en la página opuesta había un anuncio de oferta de trabajo para un aromista. Una casualidad le ponía en la senda de su destino. Envió su currículum y a los tres meses lo llamaron para que se presentara a unas pruebas. Se trataba de la empresa LUCTA. Llegó tarde a la cita, pero le permitieron realizar una prueba con tiritas de papel humedecidas con diferentes sustancias. Los aromas eran para alimentación humana enfocada a lo dulce. Un mes y medio más tarde lo llamaron para otros exámenes. Pasó entonces a una serie de entrevistas personales y en la última, con el gerente general, Mario Díaz Mutis, le dijeron lo que quería oír : “Creemos que usted tiene capacidad y memoria olfativas”.

“Un diamante en bruto; para pulirlo hay que aprender y trabajar”. Le ofrecieron un puesto con el 25% menos de lo que ganaba en ese momento. Aceptó, sin embargo, y el 15 de mayo de 1989 entró en LUCTA.

Las empresas del sector forman internamente a su personal. Con este objetivo llega a la compañía un personaje que serça definitivo para Javier, tanto en su crecimiento profesional como en lo personal : George Ronald North. Una persona con un compromiso ético insobornable. Su relación con él fue la de un discípulo con su maestro, pero también la de una gran amistad. “El único amigo que he tenido en la vida”, dice Javier. North era un hombre jovial, buen bebedor de cerveza, que exteriorizaba sus sentimientos con sonoras carcajadas. Murió, a los 48 años, en Ecuador. Pero, sobre todo, era un profesional como la copa de un pino. Si cada uno de nosotros tiene un personaje inolvidable, para Javier ese fue George Ronald North.

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En 1991 viene a Colombia Sebastián Llosa, de la central de LUCTA en España. Busca una persona que pueda hacer una sustitución en la sede española. Javier es el elegido. En 1996 se retira de LUCTA y trabaja en Bogotá y México con BBB, otra compañía de aromas de origen británico y de propiedad estadounidense en ese momento, hasta 1998. En 1999 vuelve a engancharse en LUCTA Colombia, y en 2001 entra definitivamente en LUCTA España. En la actualidad ha sido encargado por la empresa para montar un laboratorio de diseño en China. Entre aroma y aroma, se ha casado dos veces con la misma mujer. Entre aromas anda el juego. Dice Javier que hay un momento, después de mezclas y ensayos, que “el aroma cobra vida propia”. Cree que un aroma es como un bebé. Hay que criarlo para que en un momento de su vida sea independiente.

China es ahora el desafío. Un país con 1400 millones de habitantes es potencialmente un mercado enorme. Hoy por hoy, Javier reparte su tiempo entre Barcelona y China.

Una mirada al azar en la página de un periódico ha llevado a este colombiano ejemplar a abrirse camino en el exclusivo mundo de los aromistas.

Sí, entre aromas anda el juego. Y que así sea durante muchos años.