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Edgar Insuasty: artista plástico

Edgar Insuasty: artista plástico

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Edgar Insuasty, artista plástico, nació en Pasto en 1972. Su padre es de Yacuanquer y su madre de La Florida. Dos poblaciones nariñenses.

Edgar fue un niño solitario. Para su fortuna, un tío suyo, agrónomo autodidacta, lo llevaba en sus correrías en moto por el campo; también en las vacaciones. Y así aprendió a disfrutar de la naturaleza, de esos paisajes de Nariño que parecen pintados por un artista invisible que usa todos los recursos de su mágica paleta para embellecer los valles y los ríos, y las infinitas tonalidades de las parcelas sembradas con primor por las sufridas gentes de la tierra.

Tal vez el contacto habitual con el inigualable paisaje nariñense fue lo que despertó en Edgar su vocación artística.Estudió Bellas Artes en Pasto. Pero la falta de contacto real con el arte, los museos, las grandes exposiciones “en vivo y en directo” fue (así lo piensa hoy) una losa sobre su curiosidad artística. Buscador de nuevos horizontes, expuso con éxito en el Museo de Arte Moderno de Quito, en 1997.

Muchas veces la primera etapa de la emigración es un proyecto de estudios. Edgar se lo planteó así: un doctorado en docencia artística e investigación en España. Con este propósito llegó a Madrid y se matriculó en la Universidad Complutense. La experiencia fue decepcionante. Tres años después abandonó la universidad y supo entonces, a ciencia cierta, que no había venido a España para estudiar, en el sentido más clásico de la palabra, sino para palpar, para ver arte.

Había dado un paso definitivo en su vida. Ya no había una meta por cumplir ni fecha de regreso. Ya era un emigrante. Le tocaba buscarse la vida y desarrollar sus capacidades creativas. En las dos cosas tuvo suerte. Entra en contacto con el grupo Arte y Naturaleza, editores de obra gráfica, que le dan mucho trabajo y bien remunerado. Y consigue un puesto en el Centro de Atención a minusválidos de Leganés, donde enseña a pintar con la boca a los enfermos (él mismo se vio obligado a aprender un poco de esta técnica).

Conoce allí a una pareja de tetrapléjicos (Agenor y Margarita) quienes, enamorados del arte, solo tenían un norte en sus vidas: visitar museos, galerías de arte, monumentos en toda Europa. Le piden a Edgar que sea su guía y acompañante, en una especie de “tours museísticos” a lo largo y ancho del continente europeo. Edgar aún no sabe si estos seres eran dos personas discapacitadas, o dos ángeles que se habían personificado en esta pareja para hacer realidad uno de sus sueños: dejar las imágenes inertes de los libros de historia del arte para disfrutar de esos tesoros “en vivo y en directo”. Como ya lo deseara en su Pasto natal.

Durante cinco años, en sucesivos viajes, desfilaron por sus ojos las joyas del Louvre, del Ermitage, de la Pinacoteca de Munich, del Museo Van Gogh de Amsterdam… Un regalo del destino para colmar su insaciable ansia de conocimiento.

El drama que para muchos supone la emigración le inspira a Edgar un proyecto titulado Pateras. “Más allá de pintar la anécdota del nómada inmigante africano a tierras españolas, Insuasty aborda el símbolo del vacío en su desnudez, la embarcación sobre la cartografía estremecedora del mar, signo de la muerte y de la utopía fracasada, emblema de un viaje sin retorno” (Carlos Fajardo Fajardo, 2006).

Siete largos años pasa Edgar en Madrid. Una cifra que marca un fin de ciclo. Sus editores de obra gráfica naufragan económicamente. Su más estrecha relación sentimental se rompe. Y un día que regresa a su casa es atracado en plena calle; pierde el conocimiento, se despierta desorientado, tirado en el suelo, sin sus pertenencias… Es la gota que colma el vaso. Decide, con la determinación que siempre ha guiado sus pasos, dejar Madrid. Y sus pasos se dirigen a Barcelona.

Llega a la Ciudad Condal y como pretexto de partida se matricula al postgrado: Pensar l’art d’avui, Estética y filosofía del arte contemporáneo en la Fundación Miró y la Universidad Autónoma de Barcelona:

Pero el principal objetivo de Edgar en Barcelona es desarrollar su obra, poder crear. Para ello es indispensable conseguir un estudio. Todo un peregrinaje para desconsolar a cualquiera. Lo que encuentra es demasiado caro, o demasiado pequeño, o demasiado cutre. Pero su búsqueda tiene finalmente premio: en el barrio obrero de Nou Barris un local con terraza, luminoso, con espacio suficiente para sus necesidades, pero en obra negra…

Edgar no se amilana y le propone al dueño que él mismo se encargará de acondicionar el local. “Con la ayuda del señor Google”, como apunta. Como buen colombiano, recursivo e inteligente, y con la ayuda del señor Google, repella, pinta, tiende la red eléctrica, instala el cuarto de baño… Hace, sin tener ninguna experiencia en estos quehaceres, de albañil, electricista, fontanero, carpintero y -por una vez en su vida- de pintor de brocha gorda.

Más de algo hay que vivir. Propone entonces su candidatura como monitor de formación en la cárcel de mujeres de Wad Ras. Un pero importante juega en su contra: no habla catalán. Sin embargo su hoja de vida, su experiencia con la universidad en Colombia, con poblaciones de riesgo de exclusión en la Selva Amazónica o con minusválidos en Madrid, y la sensibilidad, que les honra, de los responsables de la prisión hacen que el puesto sea suyo.

Edgar se encuentra con un panorama descorazonador: un enjambre de internas latinoamericanas, árabes, negras subsaharianas, gitanas, españolas, la mayoría por delitos de narcotráfico, que cabizbajas hacen punto de cruz en una sala desangelada y triste.

Estas mismas mujeres, siete meses después, habían montado desfiles de moda con vestidos hechos por ellas mismas; participado en pinturas y esculturas colectivas; ganado certámenes interpenitenciarios montado varias exposiciones. Y, de tanto en tanto, también habían cantado y bailado en el taller.

Una revolución.

Entre los recuerdos que guarda Edgar de este apasionante trabajo, quisiera mencionar una anécdota. Con ocasión de una de las creaciones colectivas, habían reunido entre todos unos pocos euros, y Edgar había designado como tesorera a una de las mujeres del grupo. Pues la interna resultó haber sido condenada precisamente por graves delitos financieros…

Edgar trabaja hoy en día en la prisión de chicos jóvenes de Barcelona. Un colectivo especialmente conflictivo y disperso. Hoy en día trabajan entusiasmados en un taller de cerámica y se están abriendo a otras actividades como el cine.

Edgar prosigue su andadura en su taller de Nou Barris. Ha superado un cáncer, y no se cansa de explorar nuevas vías en el arte. Algunas de sus obras abstractas, que nacen de eliminar la materia inicial (barro, grafito: materias esenciales) y dejar un sustrato de formas desgarradoras y restos de materia,  recuerdan a veces, y a pesar de la distancia, el sur; el sur en ocasiones inconscientemente evocado en unos verdes inclasificables, que a pesar de su abstracción recuerdan los bellos paisajes nariñenses.

Edgar se siente cómodo en su exilio. No tiene quejas de su tierra de acogida ni de sus habitantes. Pero está en el proceso de comprar un apartamento en Pasto. Tal vez no lo habite nunca. Pero es un cordón umbilical dirigido al sur.

Edgar hace una reflexión final sobre su experiencia como emigrante: «Existe una cierta quietud detrás del hecho de migrar, una inercia que irónicamente se esconde en todo movimiento vital. Uno empieza por distanciarse con el ansia de ver mejor lo que se deja al otro lado y al final, esa distancia del punto de origen, termina por distanciarnos de nosotros mismos. Son dos polos opuestos y complementarios: uno tan enriquecedor como la vida misma y otro tan doloroso como la añoranza».

1 Comentarioen este Artículo

  1. Johanna Barrero

    Es una pena que esta clase de articulos no las podamos compartir en las redes sociales, a nuestros amigos no colombianos pues les interesa ese país del que tanto se habla y poco se sabe, en definitiva porque existe mas leyenda que realidad.

    Responder

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