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Tres años sin García Márquez

Tres años sin García Márquez

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En 1982 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, el gran novelista colombiano. Era la cuarta vez que se honraba con este galardón a un escritor latinoamericano. Le habían precedido Gabriela Mistral, poetisa chilena, en1945; Miguel Ángel Asturias, novelista guatemalteco, en 1967; y Pablo Neruda, poeta chileno, en 1971.

La Academia Sueca tuvo sus dudas antes de darle el premio al escritor colombiano. Por su posicionamiento político, temían un desplante similar al ocurrido con Jean Paul Sartre, en 1964, quien rechazó el premio una vez otorgado y no fue a recogerlo a Estocolmo. Pero influyentes amigos del escritor, y una eficaz campaña de su agente literario, tranquilizaron a los académicos suecos.

García Márquez no llegó solo a Suecia. La empresa colombiana de aviación, Avianca, gracias a la pertinaz insistencia de Aura Lucía Mera, entonces directora del Instituto Colombiano de Cultura, fletó un jumbo con destino a la capital sueca que transportó a amigos del escritor, un grupo de danza, músicos vallenatos, autoridades de la cultura, fotógrafos : una embajada variopinta y ruidosa que estremeció la tranquila capital nórdica durante una semana.

El escritor colombiano recibió el Premio Nobel de Literatura vestido con un liki liki, traje típico del Caribe colombiano. Tenía entonces 55 años (una edad temprana para un Nobel), pero su fama había comenzado quince años antes, con la publicación de Cien años de soledad. Parodiando el título de otra de las obras del autor, Cien años fue la “crónica de un éxito anunciado”. Los correos secretos de la cultura ya hablaban en 1965 de que el escritor colombiano estaba fraguando una obra excepcional. Por París,  Barcelona o Caracas, circulaban noticias fragmentadas : alguien había leído un capítulo, o un trozo de un capítulo; incluso, algún conocido del autor pretendía tener un borrador de de la novela completa… La expectativa era enorme. En mayo de 1967 se publica en la revista Mundo Nuevo, en París, el fragmento sobre el insomnio en Macondo, que tuvo el efecto de una ráfaga deslumbrante. Era un lenguaje sin precedentes; un tono narrativo inédito.

García Márquez había estado un año y medio escribiendo la novela, encerrado en su casa de México. Mientras tanto su esposa desde 1958, Mercedes Barcha, movía cielo y tierra para conseguir el dinero necesario para pagar los gastos de la casa.

La novela llegó primero a Barcelona, a Barral Editores, en busca de editor. Carlos Barral la dio a leer a un asesor que le aconsejó no publicarla. Dejaron escapar el negocio de su vida.

Pero el hecho cierto es que la novela ve la luz en mayo de 1967, en Buenos Aires, editada por Sudamericana, y se convierte en un inmediato éxito de ventas. Cada mes sale una nueva edición. Los editores de todo el mundo se pelean por traducirla. Hoy en día, se han vendido más de cuarenta millones de ejemplares de la obra, y ha sido traducida a 35 idiomas. Se la considera uno de los cien libros más importantes de la historia de la humanidad y una obra cumbre de la literatura en castellano, sólo comparable a El Quijote. En 2007 la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzó una edición popular de Cien años de soledad, coincidiendo con los cuarenta años de su aparición, por considerarla una de las obras cumbres de la literatura hispánica de todos los tiempos.

La fama literaria de García Márquez le permitió acercarse a poderosos personajes de la historia contemporánea. Es bien conocida su amistad con Fidel Castro, con quien hablaba “sobre todo de literatura”. O con Bill Clinton, quien lo invitó en unión de Carlos Fuentes y William Styron a una charla sobre literatura, “entre amigos”, al poco tiempo de haber sido elegido presidente de Estados Unidos. Para no citar al rey de España, a Felipe González o a François Mitterrand. Se dice que cuando el escritor pasaba temporadas en su casa del Paseo de Gracia, de Barcelona, recibía la visita de notables personajes de la vida política y cultural española, tales y como Felipe González, o  Narcís Serra, que solía tocar el piano para él.

Durante su larga estancia en Barcelona, entre 1967 y 1975, García Márquez escribió El otoño del patriarca, una de sus novelas más complejas. En Barcelona publicó, en Tusquets Editores, Relato de un náufrago. Y en la capital catalana tuvo siempre a su agente literaria y gran amiga, Carmen Balcells.

Pocos días después de cumplir 87 años Gabriel García Márquez murió en su casa de México, país que lo acogió durante cincuenta años. Un sentimiento de orfandad se expandió desde Aracataca hasta el último rincón del planeta.

No deja que ser irónico e injusto que una mente privilegiada y creadora de imágenes tan originales como potentes, el inventor del realismo mágico, haya terminado sus días en medio del mar sin orillas del alzheimer. Millones de personas leerán los libros de este mago del lenguaje porque su obra será imperecedera, por encima “del olvido que seremos”, como decía Borges.

Hoy en día, los archivos de García Márquez reposan en la Universidad de Texas, en el Centro Harry Ramson, depositario también de los archivos de William Faulkner, Joyce y Borges. Manuscritos originales de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, y hasta el borrador de una novela inconclusa; más de 2000 cartas y una profusa iconografía del novelista, pueden ser consultados ahora por los investigadores. En Colombia, muchas voces se alzaron en contra de la expatriación de este valioso material, pero las autoridades colombinas no dieron ningún paso en serio para retenerlo.